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Vivir sin energía eléctrica

El apagón entonces nos revela los sueños de un neoliberalismo estilo Noruega, que era el ejemplo más socorrido cuando se privatizó el petróleo en nuestro país

Juan Durán Arrieta

lunes, 22 febrero 2021 | 14:07

Juan Durán Arrieta

Para muchos fue el caos. Para otros como es mi caso, un reposo necesario, un alto en el camino para encontrarme otra vez con lecturas aplazadas, en permanente espera.

Me preguntaron días después sobre lo que hice con las dieciocho horas sin energía eléctrica. Entré en mi biblioteca, escogí una novela de esas cuyas portadas me miran pacientemente insistiendo que la tome y comenzar su lectura. Casi terminé una que tenía ganas de leer, pero que no podía en este vértigo con que vivimos la vida, aún en tiempos de pandemia, donde, se supone que las cosas van más lentas.

 Como ha de saberse, procuro vivir desde la paciencia. La cultura de la prisa no sólo representa un fenómeno para la crítica, sino que la rehuyo lo más que puedo. Prefiero ser amigo de la paciencia, procuro mantener mi vida desde la lentitud. No es fácil. Esta modernidad, hija de la prisa, nos presenta una multitud de cosas por comprar y consumir con desenfreno. El apagón sirvió para vernos. Deseé que nos hubiéramos visto a nosotros mismos, desquiciados, alarmados, temerosos de no poder vivir sin energía; también sin comunicaciones digitales como actividades que ocupan buena parte de nuestro tiempo.

–Ojalá hubiera servido a todos para vernos en el espejo, 'dije lacónico y lapidario, como deseando una utopía.

Soy de los que cree que esta modernidad que vivimos, de muy distintas formas nos convierte en presa de sus tentáculos naturales que se manifiestan con las redes y con el consumo de energía a través de las pantallas. Somos, en muchos sentidos, la generación de las pantallas. Nos cambiamos de la pantalla del celular a la de la computadora y luego pasar a la televisión. Somos, en otro sentido de la palabra, una pantalla.

Lo cierto es que algunos pudimos darnos cuenta de lo que nos aprisionan las redes y mantienen nuestras vidas ocupadas con información generalmente poco importante, intrascendente muchas veces. Así transcurre nuestra vida, así también 'se llena' de emociones nuestra existencia vacía.

Ya en otras ocasiones he disertado sobre la necesidad de movernos en otra pista y salirnos de lo que marcan las cosas que nos ofrece este mercado en que se convierten nuestras vidas. Allí donde algunos humanos aparentemente se ocupan de nosotros, realmente buscan vender, obtener ganancia; por eso resulta imperioso salirse de esta barbarie, pero concretarlo representa una verdadera proeza. Moverse de otro modo, desplazarnos de manera distinta, significa, por principio de cuentas, intentar ser otro. “Vivir en otro”, dicen los que saben.

El apagón, con todas las posiciones políticas que tengamos sobre el suceso, en mi fuero interno permaneció el deseo de darnos la oportunidad de mirarnos a nosotros mismos en el desenfreno que vivimos. Ya la pandemia en sí misma provoca esa sensación de darnos cuenta que la muerte nos roza la piel, nos acicatea y permanece como una amenaza que no nos abandona. Ahora, sumado a la pandemia este apagón, para mi fue el pretexto perfecto y necesario de cumplir el ritual de darme cuenta de mí mismo cuando junto con el apagón y la pandemia el tiempo se detiene. Y cuando el tiempo es detenido por una circunstancia como ésta, nos aparece la necesidad casi automática de mirarnos a nosotros mismos: absortos, perdidos como vamos, en la lógica de prisas a que nos somete esta modernidad, pagando lo que nos fían, resolviendo minucias, cosas intrascendentes que nos consumen la vida.

Por otro lado, quise vivir la experiencia pocas veces vista de mirar la ciudad a oscuras. Éramos pocos en la vía pública. Absortos unos se dedicaron a caminar. Sólo las luces de los automóviles parecían acompañar estas calles desoladas y fantasmales. Era como volver a estar en comunión con la naturaleza, participar de su descanso con el silencio que se creó. 'Por fin respiras, después de todo lo que te sacamos 'dije para mis adentros como si hablara con lo natural, de este modo sobrenatural.

Estaba en mi rutina casi cotidiana de escuchar la popular 'mañanera' de López Obrador cuando sobrevino el corte de energía. Acabé escuchándola con los datos de mi celular. Luego de una hora más se fue todo tipo de comunicación. Descansé como descansaron muchas cosas. Apareció el silencio, la parsimonia. Me di cuenta de todos los ruidos que tiene la energía eléctrica. Las vibraciones que provoca su paso por las líneas de conducción, el permanente ruido del refrigerador ahora convertido en un objeto fantasmal, agónico y con cierta melancolía que le acompaña cuando deja de funcionar.

Queda para el análisis toda esa caterva de rufianes que quieren mirar inoperancia donde existe eficiencia. En tan solo unas horas se restableció el servicio con fuentes de energía producidas en México. Exhibió un modo ajeno de hacer las cosas. Apareció el modo mexicano, con todas sus dificultades y sus apremios. Nos mostró un gobierno humano, que, como todo lo humano, muestra sus errores y no tiene miedo en mostrarlos.

Puede verse con todo esto que el presidente de la república y sus colaboradores son seres humanos como nosotros, aunque con roles y decisiones que nos involucran y nos impactan. Prefiero mirar a estos funcionarios de ahora como seres de carne hueso, que a los funcionarios neoliberales lejanos, convertidos en semidioses arrogantes e inalcanzables.

El apagón, por otro lado, revela consecuencias de una forma de gobierno que campeó durante los últimos treinta y seis años. Que a nadie extrañe que el neoliberalismo consiste en eso, dejar libre la relación entre los seres humanos, que todo sea un juego entre particulares. Eso conlleva la necesidad de disminuir lo más posible la presencia del gobierno, reducirlo, casi acabarlo; lograr que incida lo menos posible en ese juego entre particulares y se maneje bajo las reglas del mercado, que sea la compra y venta de bienes y servicios lo que refleje nuestras relaciones. El mercado como el gran Dios de todo lo que hacemos.

Sin embargo, en un país como el nuestro donde más de la mitad de la población se encuentra en la extrema pobreza, se hace necesaria la intervención y la participación del gobierno. No será con un gobierno enclenque, disminuido y adelgazado como se resuelvan las cosas. En esa lógica de relación entre particulares, siempre el pez más grande termina comiéndose al más pequeño. Es lo que pasó con tener en nuestro territorio al hombre más rico del mundo en convivencia con más de cincuenta millones de pobres.

Se requiere no un gobierno adelgazado y disminuido, sino uno con la suficiente fuerza para que logre mediar propiciando un rango moderado de ganancias para el poder económico. De ahí resulta explicable la premisa lopezobradorista de que 'hay que separar el poder económico del poder político', tal y como lo hizo el ex presidente Benito Juárez que tuvo la capacidad de separar iglesia y estado, con todo lo que eso significa culturalmente hablando para los mexicanos, que solemos ser definidos como producto de una fusión entre lo cristiano y lo prehispánico, luego del arrasamiento que trajo consigo la conquista y su fuerza 'evangelizadora'.

El apagón entonces nos revela que los sueños de un neoliberalismo estilo Noruega, que era el ejemplo más socorrido cuando se privatizó el petróleo en nuestro país. Esa privatización no tomó en cuenta que esto es México y que lo componemos mexicanos que vivimos en una desigualdad abismal. Es largo y profundo el proceso de desigualdad, de tal forma que un gobierno que busca disminuir la concentración de la riqueza en unas cuántas manos, aparece como una amenaza. No obstante, hay que decirlo, no es amenaza para los pobres sino para los que más tienen y se habían acostumbrado a dominar el gobierno, y, de esta forma, ampliar su riqueza.

Detrás de estas reflexiones, creo, que abre la puerta para dar vigencia al sueño de un país mejor.

Por otra parte, el contenido de la novela que leí el pasado lunes que nos quedamos sin luz, habrá ocasión de comentarla en otra entrega.

Por otro lado, exijo se resuelvan los problemas de corrupción que hay en la UPN Campus Nuevo Casas Grandes

Comentarios: jcdurana@hotmail.com