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Colaboración especial

PANDEMIA Y DESENFRENO

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Juan Durán Arrieta

domingo, 26 julio 2020 | 13:58

No lo hemos aprendido. No lo queremos aprender. Lo que tiene que ver con la pandemia parece menor, pero no lo es. Vivir en una sociedad del desenfreno como respuesta a la sensación de malestar que provoca este momento de modernidad que nos toca vivir, nos enajena como para no darnos cuenta de la amenaza que se cierne sobre todos nosotros.

Quienes siguen estas entregas, saben de mi regocijo por este paro de actividades frenéticas del capitalismo voraz que vivimos. Dije que descansamos obligados por la amenaza de un pequeño virus, pero quien realmente descansa de nosotros es el planeta y de toda esa capacidad de saqueo que hemos desplegado en su contra, que, por cierto, algunos eufemísticamente le llaman riqueza.

Los últimos llamados de las autoridades por evitar las concentraciones, por continuar nuestra tarea de confinarnos o mantenernos lo más posiblemente confinados, parecen tocar sobre pared. Nada nos detiene de esta necesidad de anestesiarnos y evadirnos de una realidad que nos flagela.

La verdad, desde mi punto de vista, es que esta pandemia nos sitúa en la necesidad de mirarnos a nosotros mismos para darnos cuenta de los excesos que veníamos promoviendo como parte de un manejo irresponsable de lo económico, es decir, de todo lo que hacemos con fines pecuniarios, y que, se nos ha hecho creer que se trata de la panacea para todos nuestros males.

En aras de un progreso ilusorio, por infinito, y porque se trata de una ideología más, hemos dispuesto de una serie de recursos que también son tomados por nosotros como si fueran infinitos. Nadie quiere recordar que se trata de un planeta absolutamente finito, con capacidades limitadas, que no es capaz de resistir esta búsqueda desenfrenada de un desarrollo económico que, como mancha voraz, recorre nuestras ciudades donde se asientan grandes grupos humanos y se encuentran múltiples industrias, pero también nuestras villas rurales a las que se les considera como proveedoras de las materias primas para esas industrias que no se detienen y que cada vez demandan un consumo mayor.

A esta ilusión del progreso sin fin, se suma también, una cultura de la prisa que acelera el deterioro. Creemos que los recursos están ahí, inconmensurablemente dispuestos en una bonanza que tampoco parece tener fin. El petróleo como sangre que corre por las venas del planeta presenta ya los síntomas de un cauce final cuando nos damos cuenta que, en tan sólo ciento cincuenta años, comenzamos a agotarlo y empieza a ser una amenaza su escasez.

Nuevas fuentes de energía se investigan y promueven, pero igual comienza la amenaza de la depredación. Eso se yergue sobre los yacimientos de litio, donde, ufanos los consideramos como parte de la riqueza que viene, en tanto, las comunidades donde se encuentra este valioso recurso ya se preparan para una bonanza ilusoria cuya real cara la muestra el modo como, tras treinta años de saqueo de la entraña de la tierra, operó la empresa minera Bismark sobre el subsuelo del vecino municipio de Ascensión.

En cada uno de los casos, unos -como las fuentes de litio- miran a un futuro de ilusión, pero vacío; en tanto que otros, como la minera Bismark, muestran un pasado vivo, flagelado, extenuado, sobre cuya comunidad cae la amenaza de un olvido atroz. Cada uno de ambos casos, deja ver que lo económico para quienes mandan, sigue siendo lo fundamental y que lo humano sucumbe ante la necesidad de producir cada vez más en el menor tiempo posible. Así lo enseñan en las escuelas de ingeniería donde se aprende que hacerlo bien y a la primera vez representa la garantía de la calidad total, o bien, que ahorrar tiempo en la empresa implica ahorrar dinero. En este escenario, prácticamente nadie piensa en el ser humano que mueve toda esa infraestructura. Al humano se le niega el sitio del que motiva, por un lado, la producción, y por otro, el consumo.

Son estas premisas del aprendizaje de la productividad como lo fundamental, lo que nos tiene aquí con los picos altos en los porcentajes de la pandemia. Este deseo irrefrenable de experimentar el gozo efímero de un momento de encuentro, entre cervezas u otras drogas de por medio, cuando todas las recomendaciones implican la necesidad de seguirnos aislando, de seguirnos guardando, para preservar la vida como lo fundamental.

La pandemia ha significado un aviso: somos nosotros quienes no queremos parar, sea por necesidad de sobrevivir económicamente, o sea por el placer del desenfreno.

Aristóteles, palabras más, palabras menos, nos dice que sólo el hombre que no se encuentra a gusto consigo mismo, busca a los demás. Algo ha pasado durante el pasaje que hemos hecho en esta modernidad. Por lo pronto, nos tiene aquí, ante la imposibilidad de poder encontrarnos solos por un momento.

La postura que yo defiendo enarbola que es deseable buscar a los demás, incluso no sólo eso, sino hacernos responsables de ellos. No obstante, en la lógica en boga, buscamos a los otros para servirnos de ellos, no para que -simplemente- sean nuestros acompañantes, sino que solemos verlos como simples productores o consumidores. Traemos trastocadas entonces nuestras prioridades y nuestros intereses, por no decir que se nos han volteado nuestros valores.

El valor que nos mueve ahora suele ser el económico como el principal. Pocos piensan ya, a guisa de ser considerado como anacrónico, en otros seres humanos con los cuales puedo cumplirme como humano. Esta idolatría por la ganancia y la producción nos tiene ahora sumidos en el dilema de continuar parados o dispuestos al trabajo so pena del riesgo que ello implica.

Pero no es solo el trabajo lo que nos mueve, también suele hacerlo el hedonismo que pone al placer como el valor máximo y lo que poseo como el mayor de los placeres. No se requiere de tener algo para contemplarse en la mirada de otro. No se requiere tener algo tampoco para revisar y detenerse ante el goteo saltarín de una lluvia pertinaz. Para ser, no se necesita tener, dice Erich Fromm.

Por eso, en mis estudios sobre las mejores soluciones para no ser presa de esta modernidad, las encuentro no con más futuro sino con más pasado: en el mundo indígena, en el mundo campesino. Justo ahí donde persiste la cultura de las economías de autoconsumo, de disponer de recursos naturales para obtener un valor de uso, diría Carlos Marx, quien descubre que es en el trueque de valor de uso que hacemos por valor de cambio, donde comienza la verdadera barbarie de un capitalismo atroz.

Cuando ocurre el valor de uso, uno dispone de recursos para sobrevivir o sobrellevar la vida. Cuando aparece la idea del valor de cambio, entonces comienza la verdadera depredación, porque atrás aparece, con ella, la lógica de la ganancia. Y donde sólo se mira

la ganancia, el ser humano pasa a ser un medio para garantizar la producción y el consumo. A eso nos reducimos nosotros cuando esgrimimos el valor de lo económico como justificación para evitar el confinamiento durante la pandemia. La verdad es que se nos ha olvidado que el ser humano requiere muy poco para vivir, pero ha sido esta modernidad la que nos ha instalado, como totalmente natural, la idea de necesitar cada vez más.

Ahora bien, los picos altos de la pandemia se le atribuyen al gobierno al acusársele de un mal manejo de la contingencia. No se nos olvide que sí logramos aplanar la curva, que nuestros hospitales en todo el país nunca han sido rebasados. Las muertes, que son muchas y muy lamentables cada una, obedece más al modo como sucumbimos al embrujo de una catarsis.

No debe ser para producir cuando tengamos que regresar. No puede ser más importante la economía que la vida. Si cada uno sólo nos cumpliéramos como seres humanos en nuestra relación con los demás, con muy poco de lo que se produce tendríamos para todos. Pero ese modo tendría que encontrarse sustentado bajo las premisas de la vida en colectivo, de la solidaridad, la cooperación y la ayuda mutua.

Colectivismo en lugar de individualismo parece ser el punto de partida de esta ruta que necesita regresar a viejas prácticas que parecen superadas, pero no lo están. No pocos recuerdan algunas acciones en los lugares rurales o las comunidades indígenas donde al festinar un platillo extraordinario, compartir con la comunidad o con los vecinos más cercanos, era un paso obligado y de buenos modales. Ahora, el individualismo nos ha obligado a abandonar esos modales en detrimento no sólo de quien los practica sino en detrimento de todos. Cada quien a resolver sus problemas y que los demás se rasquen con sus propias uñas. Parece que apostamos al individualismo que no es más que la promoción de la perdición que provoca el egoísmo.