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La pandemia. Otro modo de ser víctimas

Colaboración especial

Juan Durán Arrieta

domingo, 28 junio 2020 | 16:58

Pocos queremos entender, algunos como yo hasta lo celebramos: que ya nada sea igual.

El esfuerzo de muchos ahora es pretender volver a la vida como si todo fuera normal. Esta pandemia, desde mi punto de vista, la principal lección que nos deja es que esa normalidad, esto es, vivir la cultura de la prisa, ya no vuelva más.

Nos mantuvimos confinados todos, o una buena mayoría. Pudieron ser momentos para reflexionar, darnos cuenta de nuestra precaria existencia. Veníamos arrogantes, sobrados, acostumbrados al despilfarro de recursos, que, aunque haya pocos, aún así solemos despilfarrar. Ahora queremos vivir anestesiados, curados del espanto -porque nos aterra saber- la posibilidad de que ya nada sea igual. Y, sin embargo, no sólo se trata de que ya nada sea igual, sino que, además, aprendamos a vivir otra normalidad, o mejor dicho, una normalidad muy otra, si es que cabe ese nombre.

El frenesí por hacer lo más posible en el menor tiempo, parece ya no ser deseable; aunque haya quienes pretenden que todo debiera seguir como siempre aún con el costo de vidas que implica el modo como veníamos viviendo.

Soy de los que promueve la paciencia, porque cuando hay paciencia, hay tiempo suficiente como para pensar en los que casi nadie piensa. Es la cultura de la prisa la que provoca el olvido de muchas cosas que hacen la vida. Y entre ellas, se encuentran los pobres de entre los pobres, los indígenas, justo esos, que sí saben permanecer en consonancia con la naturaleza, en abierta comunión con lo que el medio ambiente prevé.

El esquema global mundial sustentando en esa nefasta organización a la que pomposamente se le denomina neoliberalismo, venía sintiéndose arrogante con la idea de dominar a la naturaleza primero, para luego saquearla, hacerla producir lo más posible, aún a ritmos de vértigo, sobre los cuales no puede sostenerse nada. Eso que Zigmunt Bauman llamó la sociedad líquida.

Este desequilibrio es lo que nos tiene aquí ante los problemas que amenazan con ser insolubles. En una carrera contra el tiempo, se busca afanosamente una vacuna que resuelva ésto. No nos damos cuenta, pero queremos vivir el frenesí como la otra pandemia: la de la prisa, la del saqueo inmisericorde al planeta. Quienes siguen estas entregas, sabrán que lo principal de mis alegrías ha sido no el descanso que nos dimos a propósito de la epidemia, sino el descanso que tuvo el planeta, pues dejamos de sacarle peces, de tirar pinos, de obtener de sus entrañas el ansiado oro negro con que se mueven los automóviles y tantas industrias que se derivan de todo eso. ¿La amenaza ahora es acudir a esa normalidad otra vez?

Pareciera que no hemos querido aprender, que ansiamos volver a ese malestar cultural que tenemos de fondo pero que no nos explicamos. Pareciera que nos urge regresar a la depredación, a la vida aparentemente placentera, banal, anestesiada, donde lo importante es el gozo efímero, insulso, vacío.

Dije que el mundo indígena es la otra víctima porque, como se sabe, me dedico a la actividad académica. Soy de esos que, obligados, hubimos de sostener nuestras tareas de trabajo vía redes sociales, plataformas digitales, entre otros dispositivos.

Fui también de los que comenzamos a discrepar de este modo de trabajo.  Lo sostuve en mis informes: en materia de educación es difícil sustituir al ser humano, dejar atrás esa relación cercana, cara a cara, con nuestros alumnos. Ya de suyo, esa situación de uso de un dispositivo digital como remedio, representa un daño sobre el cuál no tenemos aún explicación. Pero bien, eso ocurre con quienes tienen acceso a ese mundo digital. Pero, ¿Quién piensa en los demás, en los que no tienen acceso, ni cuentan con este tipo de dispositivos? Tengo alumnos en esas circunstancias, unos viviendo aquí y otros en Ciudad Juárez.

No obstante, de entre esas preocupaciones hubo esta semana una que me generó una reflexión mayor. Una alumna, cuya tesis de maestría acompaño, consigna las dificultades que se multiplican cuando, entre los indígenas migrantes, no sólo no se cuenta con los dispositivos digitales ni acceso a redes, sino, incluso es imposible la comunicación, pues se trata de hablantes de otras lenguas, como también de personas que viven una cultura absolutamente distinta a la nuestra.

Hablar entonces de que la educación se trasladó a la casa es ufanarse con un acto donde se olvida que la educación, en este país, tiene la encomienda central de la movilidad social y abatir brechas de desigualdad social y económica que no podemos seguir prolongando, y aún, acentuando.

Imaginé a mi alumna haciendo malabares para comunicarse en su lengua, por un lado, pero más grave aún, pretendiendo lograr que papá o mamá asuman la tarea de educar en una cultura como la nuestra que no sólo no reconocen, sino, a la cual se resisten.

El daño que hacemos y la deuda que tenemos con este tipo de comunidades es mucha, y es necesario que la escuela no sólo los elimine, sino que, por lo pronto, no los profundice, como esta ocurriendo en este ejemplo y muchos otros más a propósito de la pandemia y la forma como la viven los pueblos originarios.

Acudimos entonces a la necesidad de fijar nuestra mirada con este mundo que desconocemos en situación normal, pero que también nos deja con un pasmo en situaciones de emergencia como el que vivimos.

Pensar a los que menos tienen, a los pobres más pobres, no es halagüeño, porque uno suele acercarse a la miseria, a constatar la forma como frecuentemente olvidamos lo que falta por hacer y lo que falta por decir.

He estudiado que un país como México donde se hablan alrededor de 67 lenguas distintas, lo que precisa incorporar urgentemente es la promoción de una cultura de la comunalidad, es decir, difundir y establecer una cultura de la compasión, del encuentro entre distintos. Toda nuestra educación debiera incluir materias que conduzcan a la convivencia con los diferentes, con los distintos, sea por sus capacidades diferentes, sea por su condición étnica o por su condición social.

La nueva escuela mexicana, con todo lo nebuloso que es esto todavía, tiene ante sí la tarea de promover comunidad. Promover comunidad implica, por otro lado, promover la compasión. Un acto compasivo no es el tradicional modo de sentir lástima, esa es una definición muy simplista del término pues representa su uso común. La compasión, como aquí la entiendo, trata de significar el acompañamiento de una pasión, entendida ésta como vivir. En este sentido, necesitamos una educación que abone y sea garante del encuentro entre diferentes.

Lo que hemos tenido hasta ahora ha sido justamente lo contrario. Imbuidos en la prisa, en la productividad, en los mecanismos de producción para la calidad, lo que trae consigo es la competencia. Andar en busca de ser más que otros, vivir no para otros sino contra otros, termina por establecer que es inteligente suponer que, en esta relación de mercadeo, a lo más que se llega, es a considerar incluir al otro tan solo porque es útil como consumidor de los bienes que producimos.

Eso es lo que está de fondo en un mundo que -ante la pandemia- necesita retomar sus premisas de humanidad y de humanismo, justo esas que había cambiado por las de la producción y la productividad como condición necesaria para encontrar un lugar en este espacio de competencia y competitividad propio de la globalidad.

Ese es el daño de fondo, es el momento que necesitamos trascender. La otra normalidad, si es que se le puede llamar así, implica mucho de nosotros mismos. Implica voltear para atrás y reconocer el daño, recogerlo, recomponer, reparar. Luego, descubrir momentos gloriosos allí en lo más precario del ser humano, en su ínfima nada, para incorporarlo a la vida por venir. Una especie de adviento, de un futuro cargado de pasado. Es, según lo creo, la única manera a través de la cual, actualizamos la justicia y la juntamos con la verdad. Porque hasta hoy, podemos decir que nos interesa la verdad, no la justicia. Y en ese camino, que ya transitamos, no existe el solidarismo, ni la ayuda mutua, ni la compasión. Digo…

Por otro lado, exijo que se resuelvan los problemas de corrupción que hay en el Campus Nuevo Casas Grandes de la UPN.

Comentarios: jcdurana@hotmail.com