Local

Historia y Memoria de Nuevo Casas Grandes.... Baltasar de obregón: Paquimé, entre Sinaloa y Nuevo México

Campea en la historia de la villa de San Juan Bautista de Sinaloa, es la de don Francisco de Ibarra

Arcadio Sánchez Rodríguez

lunes, 22 febrero 2021 | 14:05

Arcadio Sánchez Rodríguez

El manuscrito “Historia de los Descubrimientos Antiguos y Modernos en la Nueva España', de Baltasar de Obregón, lo encontró en el Archivo General de Indias, en Sevilla, España, el historiador mexicano P. Mariano Cuevas, quien lo trajo a México. La edición de 1924, por la Secretaría de Educación Pública, lleva un prólogo del padre Cuevas, donde resalta que Baltasar de Obregón, fue el primer historiador mexicano que surgió en la Nueva España; nació a principios de 1544 en la ciudad d México, habiendo sido sus progenitores don Baltasar de Obregón y doña Beatriz Gómez de Betanzos.

Así lo dice Filiberto Leandro Quintero, en su obra HISTORIA INTEGRAL DE LA REGIÓN DEL RÍO FUERTE: 'Viniendo desde Guadalajara, se incorporó Obregón juntamente con don Hernando Trejo, a la hueste de don Francisco de Ibarra, cuando este señor Gobernador de la Nueva Vizcaya, se encontraba en la provincia de Chiametla, ocupado en trabajos de minas y colonización. Para entonces ya don Francisco de Ibarra, había fundado la villa de San Juan Bautista de Sinaloa, a orillas del río Zuaque. Obregón estuvo en esta villa y de ahí partió con la expedición militar que condujo Ibarra, rumbo al norte con la pretensión, de conquistar las distantes tierras de Nuevo México. Por consiguiente, el autor de la ‘Historia de los Descubrimientos Antiguos y Modernos...’ conoció personalmente, todas las provincias geográficamente integrantes de la zona del Noroeste, y también (…) la villa de Cinaro o de San Juan Bautista de Sinaloa; tuvo larga y aprovechada ocasión para enterarse al detalle, de los movimientos, propósitos y consecuciones de este gobernante y conquistador. Todas estas circunstancias concurren para tener el informe o libro salido de la pluma de Obregón, al cual se alude como un documento básico y de primera mano, para el conocimiento de la historia de la villa de Cinaro, siendo además imprescindible para este objeto.”

El Padre Cuevas llama a Baltasar de Obregón 'el Bernal Díaz del Castillo de las conquistas del Norte”.

La figura central que campea en la historia de la villa de San Juan Bautista de Sinaloa, es la de don Francisco de Ibarra, de quien Baltasar de Obregón hace el siguiente apunte biográfico, recuperado por Filiberto Leandro Quintero:

“En vista de las excesivas dificultades con que tropezaban, ya después el General dispuso dirigirse a tierras llanas, continuándose el avance en forma cautelosa, toda vez que nuevamente los indios podían volver a la carga y que además se hallaban en la región de la hierba ponzoñosa. De esta manera traspuso hacia el oriente, la Sierra Madre y entraron a las tierras de los indios querechos, comarcanos o vecinos de los de los llanos de las Vacas. Desde lo alto de las últimas cordilleras, dice Obregón, divisaron al fin grandes, hermosos y fértiles valles, con praderas, ríos y arroyos; después toparon con casas de dos y tres pisos, deshabitadas, que estaban repartidas en un espacio de ocho leguas. De ello se alegraron los soldados, pues al fin habían logrado salir de los sitios inhóspitos y temibles de la serranía y llegaban a una tierra donde abundaba la caza de todo género y se hallaba habitada por gente más doméstica.”

Continúa el autor con su versión de la crónica de Obregón: 'El campo se alojó y fortificó en una de aquellas casas solitarias, ruinas de una población azteca indudablemente, que se hallaban sembradas a lo largo del río, en la región que decían llamarse Paquimé y que hoy se conoce con el nombre de Casas Grandes, al noroeste del Estado de Chihuahua. Cuenta Obregón, que habiendo sido preguntados los nativos acerca de quiénes eran los señores de aquellas casas, contestaron que vivían a seis jornadas río abajo, hacia el norte, y que a cuatro jornadas al poniente ‘asistían otros muchos en casas de mucha altura, vestidos y señores de mucha ropa, de algodón, maíz, frijol, calabazas, aves y vacas de la tierra’, y en esto seguramente se referían a las edificaciones y a los señores de Cíbola. La distancia del Río Paquimé a los valles de Señora (Sonora), se estimaba en cuarenta leguas y en noventa a la orilla del mar; según más tarde lo llegaron a saber, habían llegado a dos jornadas de camino, de donde estaban ya las tierras de Nuevo México, las cuales constituían la meta de aquellos por así decirlo, malogrados esfuerzos.

“Los trabajos y penalidades habían sido muy grandes hasta ese momento; la falta de poblados, el desierto y la lejanía, desazonó a los soldados, sintiéndose arrepentidos de tan azaroso viaje y aún abrigando temores por la suerte que pudiera caberles en su regreso. Se dio cuenta el Gobernador, de aquel decaimiento y desagrado, y por este motivo, así como porque ya se había agotado el herraje, la munición, lo necesario de ropa, calzado y caballos, usando de la prudencia y tacto en él característicos, llamó a acuerdo y consejo de guerra, disponiendo que los soldados previamente, oyesen una misa aplicada al Espíritu Santo, para que les inspirase lo que más conviniere.

“Reunidos para tratar de esta cuestión en la tienda del General, éste les hizo una exhortación, abogando por que se prosiguieran las jornadas hacia delante, con la esperanza de que el éxito habría de coronar aquellos esfuerzos y sacrificios. Fray Pablo y lo mejor de la oficialidad dieron su apoyo a la idea del Gobernador y se manifestaron dispuestos a obedecerle y seguirle. Asimismo hubo algunos que se ofrecieron a volver a la villa de San Juan Bautista, distante trescientas leguas de Paquimé, por refuerzo de soldados y por cuanto era necesario para la prosecución de la marcha. Pero como había libertad absoluta para exponer pareceres, los demás soldados, quebrantados por su misma cobardía, así como por la crudeza de la aventura, insistieron en que era más cuerdo regresar y poblar una nueva villa en las márgenes del río Yaqui, y en ocuparse en conservar, sustentar y repartir la provincia de Cínaro. Acatando pues, la opinión y deseos de la amedrentada mayoría, el Gobernador, contrariando su propia voluntad, dispuso el regreso de la expedición y así se perdió, dice lamentándose de ello Baltasar de Obregón, 'de ganar la empresa, provecho y honor del descubrimiento del Nuevo México y sus comarcas, rededores y poblaciones que han ganado de presente (se trata del año de 1584, en que Obregón terminó de escribir su Historia), los descubridores nuevos con menos trabajos que nosotros’”.

El retorno fue otra odisea… También puede apreciarse en la HISTORIA INTEGRAL DE LA REGIÓN DEL RÍO FUERTE. Por lo pronto, hay que seguir resaltando la importancia de Paquimé, desde las exploraciones y conquistas entre Sinaloa y Nuevo México.