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HISTORIA Y MEMORIA DE NUEVO CASAS GRANDES

Ernesto Poblado y la insurgencia electoral de 1980 (Primera Parte)

La insurgencia electoral es algo que no se puede… definitivamente es indescriptible

Arcadio Sánchez Rodríguez

domingo, 26 septiembre 2021 | 07:20

Ahora veamos el testimonio de Ernesto Poblano Fernández acerca de la insurgencia electoral de 1980: Sí, ya cuando la insurgencia electoral. Sí, ese fue el error de ellos. Batallamos mucho, pero la constancia de mayoría la tuvo que entregar el señor Sarabia, don Doroteo Sarabia, dueño de una refaccionaria, y se sufrió, pues los embates, ya que le apedreamos su casa, ahí, cuando iniciamos un mitin. Y por más que se les exhortaba a que no llegáramos a la violencia, sí hubo violencia, tuvo que intervenir la Policía del Estado. Este, bloqueamos la carretera de la entrada de ciudad Juárez. Fue una de las cosas que Baudilio Martínez, como Delegado, me pidió que abriéramos, dejáramos ahí el acceso, porque dice “ya ve, señor Poblano, cuesta mucho ser amigo y esto se lo vengo a pedir como amigo; están hablando, pues de Chihuahua y que, a como dé lugar quitemos esa gente; no queremos hacerlo, quiero hablar con usted, a ver sí es posible”. Y pues sí, tuve que ceder y fue posible, gracias a Dios, que no llegara a mayores y hubiese un enfrentamiento. La insurgencia electoral es algo que no se puede…, definitivamente es indescriptible, porque es un sentimiento el que estás viviendo, como si fuesen una sola familia y todos luchando por un mismo ideal; yo jamás esperé, de que una vez concluida la junta computadora, de que ya el Congreso extendiera o dejara extender una constancia de mayoría a mi favor, a sabiendas que todas las actas de escrutinio nos daban el triunfo, yo dije “ya, se acabó, bueno pues ni modo, cada quien a sus casas”. No, no, no se lo echó a capa y espada, el dizque Palacio Municipal con uno en cada esquina allá arriba, con un rifle, que “de aquí no nos van a sacar más que muertos” y, bueno, algo peliculesco… Para mí, de plano, de plano, la gente se desbordó y, no solamente de Nuevo Casas Grandes, venían de todos los pueblitos aledaños, incluso hubo gente hasta de Ascensión que se fue a hacer la bola más grande y, pues, no pues algo sumamente grandioso, porque jamás por mi mente cruzó que fuese yo aceptado en esa forma por la gente de Nuevo Casas Grandes y a la postre, pues fue lo que más me dolió, ¿verdad?, no poder dar la cara y pedirles perdón por tener que renunciar a la causa. Porque si habíamos prometido morir en la raya, pues teníamos que haber permanecido allí, y a lo mejor lo que dijo Ornelas, que jamás lo verían mis ojos de tener la Presidencia de Nuevo Casas Grandes, a lo mejor sí se hubiese logrado, porque veía una decisión de un pueblo con realmente sed de justicia, de que cambiaran las cosas de sabor. Mi arma principal, todo el tiempo, fue esa de que “yo les voy a demostrar con las actas de cada casilla que vamos a triunfar, que el pueblo siempre triunfa, que es una mentira que el Partido Revolucionario las gana de todas, todas. Hasta ahí es mi compromiso con ustedes, demostrarles, ya si ustedes quieren luchar con un triunfo inobjetable, pues ya va a ser por ustedes, pero yo soy de los que siempre he conminado a la gente a no enfrentar las palas y los picos contra las balas, así es que jamás los incitaré a un acto de violencia y, pues, gracias a Dios que todo salió, hasta ahí, bien. Y ya cuando la junta computadora y el consejo que se formó, pues yo por completo desaparecí del mapa. No, no la amenaza esa fue completamente así a lo pelón, de cara a cara, en el Palacio de Gobierno, así, así… Ornelas, de su propia boca, con su propia voz, diciéndome algo que yo nunca imaginaba de un Gobernador: “Oiga, ¿cómo cree usted posible que un muchachito nos haya dado en la torre en Ojinaga y luego llegue a Nuevo Casas Grandes con el puesto más odiado y vuelva a darnos el garrotazo, o sea…” Pues no con esas palabras, pero sí, dice “no lo vamos a permitir por ningún modo, usted ya no es el jovenzuelo aquel de Ojinaga; usted es un padre de familia, tiene unos hijos, por cierto, uno de ellos dura hasta dos horas ahí, esperando el camión en la colonia Dublán.” Y ya fue lo que me hizo recapacitar allí. Yo le dije al señor Hernández, que era el cuñado de Óscar Ornelas, le digo: “Oye, ¿pues qué pasa? Hasta con mi familia, yo soy el de todo, por qué se meten con mi familia, lo que quieran hacer conmigo, aquí estoy.” Sí estaba dispuesto a dar la vida por esa causa. Sí, dije “no toquen a mi familia”. “No pues, en la guerra y en el amor todo se vale; yo no sé qué decirle señor Poblano.” Y se alejaban ahí en el salonsote, no sé qué diantres decían, nomás llegaban los policías del Estado y yo creo que uno de mis errores, sí lo reconozco, fue haberme ido a presentar por mis pistolas; si yo me hubiese hecho acompañar de Julián, de Perla, aunque no se nos permitiera, si nomás que esa comitiva me hubiera acompañado hasta las oficinas de Gobierno y a las horas tan indispuestas que me tuvieron ahí, pues otro gallo hubiera cantado, ¿verdad?, porque ellos habían movido algo, o habían tocado puertas para decir, pues ya está bueno, pues qué tanta plática con Ernesto Poblano, pero sí reconozco que fue un error haberme presentado solo, este, ni siquiera mi familia me acompañó, así es que estuvo bastante duro. La protesta siguió, el pueblo siguió. Ah sí, como no, sí, pues, sí. Ernesto Poblano ya se quitó de cabeza, pero nosotros tenemos un objetivo y vamos a seguir con él en pie de lucha; y ahí estaban los ya nombrados, siempre a la cabeza y fue la razón, por la que ya, como una migaja, les concedieron el Consejo Municipal que, vuelvo a lo mismo, de qué sirve cuando no te dan ni voz, ni voto, o te escuchan, pero pues nomás vacilan; cualquier protesta, cualquier observación, de nada sirve, ellos están enfocados en lo que traen y en lo que traman y es así todo. Así es Arcadio. Concluirá