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HISTORIA Y MEMORIA DE NUEVO CASAS GRANDES

"El mundo en que vivimos"

Esta es la desastrosa y absurda realidad en que nos toca vivir y actuar a las nuevas generaciones

Arcadio Sánchez Rodríguez

domingo, 21 noviembre 2021 | 09:31

En ocasiones anteriores he mencionado parte de las Resoluciones que fueron la base ideológica para el surgimiento y estallido del episodio revolucionario de Madera, en 1965. Estoy trabajando en ellas desde la sociología, las letras y el periodismo, para luego enfocar los resultados a la crítica de los “cuatreros”, a su “gobierno” y al movimiento re-degeneración nacional, por ejemplo. Dedico el trabajo que menciono -no sólo esta colaboración, por supuesto- al Comandante Raúl Florencio Lugo Hernández, el héroe guerrillero de nuestra tierra, sobreviviente y cronista de Madera´65. También a José Cruz Pérez Rucobo, este izquierdista perseverante, que por encima de cualquiera otra consideración ha sido leal a sí mismo, la primera y más importante de las lealtades. Y, finalmente, pero no por eso menos importante, a Juan Crisóstomo Durán Arrieta, para que explore, con toda su inteligencia y preparación académica e intelectual, esta vía subversiva y subalterna; que tome de allí elementos para una sincera autocrítica, la extienda al gobierno federal que admira y la incorpore desde su nueva función como Regidor de Gobernación en el Municipio. Pensaba hacer citas y comentarios puntuales, pero creo que vale la pena “empezar por el principio”, en este caso por el Arturo Gámiz escritor, ideólogo y organizador. La primera de las “Resoluciones” del Segundo Encuentro en la Sierra “Heraclio Bernal”, de Torreón de Cañas, Durango (Ediciones LINEA Revolucionaria, Chihuahua, México. 1965), se titula “EL MUNDO EN QUE VIVIMOS”. Se trata de una oda, un poema en prosa, una declaración icónica, emblemática, multiversal de la rebeldía. Aquí está, en todo su esplendor: No se escoge el mundo en que se nace, no se puede señalar al gusto personal las circunstancias para vivir. El mundo ya está hecho y la sociedad organizada de una manera determinada cuando se nace, nos guste o no, y en este caso no estamos conformes con el orden de las cosas que prevalece, queremos transformar la sociedad en que hemos nacido porque se basa en la injusticia, la desigualdad y la opresión. Por supuesto en la infancia no se reflexiona sobre estas cuestiones, no se razona si el mundo está bien o mal organizado. Durante mucho tiempo el hogar, el barrio y la escuela son no sólo nuestro mundo sino el único mundo por más precario que sea. Pero desde la infancia empiezan a hacerse algunas observaciones nebulosas y empíricas por las cuales advertimos formas de vida distintas a la propia. Cualquier niño mexicano observa que en su barrio hay ciertos vecinos que, a diferencia de él, siempre comen bien, todo el día andan con golosinas y tienen muchos y muy finos juguetes. Todos los niños del barrio procuran hacer amistad con esos vecinos para tener acceso a sus juguetes y compartir sus golosinas. Después irán a su humilde casa presentando exigencias a los padres y no pueden comprender por qué él siendo igual física y espiritualmente, haciendo más servicios, no puede tener las mismas cosas. Y en la escuela seguirá enfrentándose con la desigualdad, en cada salón hay siempre el niño rico que va muy limpio, bien vestido, estrenando algo cada día, con todos los útiles que pide la maestra, que recibe un trato especial y una serie de consideraciones de sus profesores. También advierte que hay otros niños que casi ni conoce porque juegan en el interior de sus casas, en los prados y que sólo ve, lo mismo que a sus juguetes, a través de la verja, esos niños van al colegio, sus padres o los sirvientes los llevan y traen de la escuela en carro o un autobús los recoge y entrega en su casa. Pero se crece, el campo visual se ensancha, los intereses se profundizan y multiplican, empieza a prestarse atención a las pláticas de los padres que hablan con amargura de su trabajo, no del trabajo en sí que tanto le gusta sino de los problemas que tiene en él, las mortificaciones con los jefes, los fraudes del sindicato, los chismes de los propios compañeros que por la escasez de fuentes de trabajo se disputan y abaratan las plazas, del contrato colectivo. Y un día lo vemos entrar a la casa excitado, escondiéndose como un ladrón, porque los granaderos lo persiguen desde la plaza donde, a macanazos, disolvieron el mitin en que explicaban sus problemas los trabajadores; lo oímos hablar del reajuste que va a hacerse en la fábrica porque el nuevo jefe quiere reorganizar todo o porque instalaron unas máquinas más modernas que necesitan menos operarios. ¿Y qué adolescente no oye con frecuencia discusiones entre sus padres motivadas siempre por la insuficiencia de recursos económicos? Para quienes nacen en el medio rural el porvenir no es mejor, no hace falta esperar a que crezca el campesino para ver sus capacidades, su inteligencia, su amor al trabajo, para vaticinarle un porvenir oscuro, esto se sabe porque hemos visto que el porvenir del mexicano no depende de sus virtudes sino del capital que posea. Es tan absurda esta realidad que nos ha tocado vivir que la mayoría de los niños desde que nacen están condenados, sin deberla ni temerla, a toda clase de privaciones, a la miseria, al sufrir hambre y fríos y atropellos; y otros niños desde que nacen, aunque no tengan mérito alguno, vivirán en la opulencia, rodeados de todas las comodidades y protegidos por fueros. Esta es la desastrosa y absurda realidad en que nos toca vivir y actuar a las nuevas generaciones, no estamos descubriendo América cuando señalamos que predominan la injusticia y la desigualdad, sabemos del esfuerzo que muchos compatriotas han hecho y hacen por remediar los males de la patria, sabemos del sacrificio de generaciones pasadas que han ofrendado su vida en un afán noble por legarnos una Patria mejor: Hidalgo, Morelos, Ocampo, Juárez, Zapata y Villa son los representantes de generaciones que lucharon por transformar la sociedad de miseria y explotación, que ellos conocieron, en una sociedad de bienestar y felicidad. Su obra no se ha realizado. Continuarla, transformar nuestra Patria para no entregarla como la hemos recibido, ES MISIÓN DE NUESTRA GENERACIÓN. Hasta aquí la entrañable cita del pensamiento maderiano: crítico, rebelde, revolucionario y guerrillero. Como Arturo Gámiz y sus camaradas revolucionarios de Madera no estamos conformes con el orden de las cosas que prevalece, queremos transformar la sociedad en que hemos nacido porque se basa en la injusticia, la desigualdad y la opresión. En esas andamos, desde la Historia y la Memoria de nuestro Pueblo. Y con esas letras y esas armas, emprendemos la crítica a quienes presumen “Hacer Historia”, para que lo hagan con el acompañamiento de la rebeldía social.

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