Estado

La dignidad, derecho fundamental por excelencia. Parte uno.

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Hector Garcia Aguirre

lunes, 18 abril 2022 | 22:02

“Es difícil hacer a un hombre miserable mientras sienta que es digno de sí mismo.” Abraham Lincoln

Uno de los “deportes” favoritos en la actualidad es la discriminación. Discrimina el particular cuando agrede la dignidad de las personas. Discrimina el jefe cuando menosprecia a sus subalternos (sobre todo aquellos que se sienten bordados a mano y que sin su existencia el mundo colapsaría). Discrimina la autoridad cuando falla en contra del justiciable ya sea por desconocimiento de la ley, inexperiencia en su interpretación o en el peor de los casos, que es lo más lamentable, en forma deliberada. 

Mucho se ha escrito sobre la importancia de la dignidad pero poco sobre su esencia. La Real Academia Española no le tiene asignada alguna definición, sin embargo Angélica, una defensora pública en materia civil del distrito Morelos, me dio hace algunos años una definición que me pareció muy clara: “La dignidad es la esfera íntima de sentimientos de cada persona”.  

Fabiola, química y psicóloga regia, me dijo que la dignidad es “el apego y fidelidad que da uno mismo a sus emociones, creencias y valores”.

De ahí que cuando se agrede algo que apreciamos, se está lastimando esa esfera íntima de sentimientos, es decir, a nuestras emociones, creencias y valores: Preferencias políticas, deportivas, sexuales, ideológicas o religiosas; defectos físicos o mentales; condiciones de salud, opiniones, estado civil, paternidad, maternidad y muchas situaciones más que son caldo de cultivo para la agresión que no es otra cosa que una acción deliberada de una persona para hacer sentir mal a otra.

Para la Suprema Corte de Justicia la dignidad es “…el interés inherente a toda persona, por el mero hecho de serlo, a ser tratada como tal y no como un objeto, a no ser humillada, degradada, envilecida o cosificada.” (Tesis: 1a./J. 37/2016 (10a.).

Luego entonces la dignidad es un atributo personal elevado a rango constitucional, que ha sido considerado “…como un derecho absolutamente fundamental, base y condición de todos los demás, el derecho a ser reconocido y a vivir en y con la dignidad de la persona humana, y del cual se desprenden todos los demás derechos, en cuanto son necesarios para que los individuos desarrollen integralmente su personalidad…” (SCJN, Registro: 165,813).

Para hacer efectivo el respeto al derecho fundamental por excelencia se han establecido una serie de instituciones y normas secundarias que derivan del artículo 1º párrafo tercero constitucional, el cual impone a todas las autoridades, en el ámbito de sus competencias, la obligación de promover, respetar, proteger y garantizar los derechos humanos, previniendo, investigando, sancionando y reparando sus violaciones.

El gran problema que tenemos en México es el desprecio a las diferencias. En el caso de la autoridad administrativa, salvo honrosísimas excepciones, llegan al cargo sin saber qué cosa es la dignidad. La mayoría de quienes ejercen un cargo público vienen de una encarnizada batalla electoral en la que, como parece ser natural, se dieron hasta con la toalla. Las campañas, por lo general, polarizan a la sociedad cada vez más con mayor saña. El trato que se dan los contendientes y sus seguidores no son que digamos lecciones de caballerosidad, ética o buenos modales. Durante las hostilidades todos se sacan los trapitos al sol en los peores términos, quedando la dignidad de unos y otros por los suelos. 

Los adversarios y sus tropas nos han acostumbrado a la ciudadanía a soportar una competencia de ofensas, improperios y descalificaciones entre ellos, que lo único que queda en evidencia es la falta de educación de unos y otros.

Ante ese panorama ¿cómo podemos obligar a las autoridades administrativas que prevengan, investiguen, sancionen y reparen las violaciones a derechos fundamentales cuando surgieron de una guerra sucia en la que la dignidad de sus adversarios quedó destrozada? Pocas esperanzas tenemos los ciudadanos de la calle en que algún día los derechos fundamentales sean una prioridad. ¿Ejemplos? Voltee para cualquier lado, ahí verá un derecho fundamental vulnerado, y por ende, la dignidad. 

En las oficinas públicas es harto común la vulneración de la dignidad de los subalternos. Es triste y lamentable que haya personas a quienes se les asigna un puesto ínfimo, unas milésimas “por encima” de sus compañeros, es decir, un ladrillito, para marearse de poder y sentirse con autorización de lastimar impunemente a quienes le rodean. ¡Si supieran esos jefes las vueltas que da la vida! El jefe siempre estará dispuesto a pisotear la dignidad de su personal, contrario al líder, que siempre estará preparado para dignificarlo y aumentar su autoestima.

Para concluir (adelantando el tema de la próxima entrega) es menester citar una hipótesis legal que es una ofensa a la inteligencia: el artículo 197 del Código Penal del Estado de Chihuahua. Ojalá que las autoridades de cualquier nivel le den lectura para contextualizar la próxima entrega y saber a qué se atienen. Que así sea.