El Paso

En algunas ocasiones, el racismo anti-inmigrante pega como una tortilla que nos avientan

En algunas ocasiones, uno no tiene que buscar exhaustivamente el racismo.

Ruben Navarrete Jr./ The Washington Post

domingo, 27 junio 2021 | 20:51

San Diego— Los estadounidenses siguen rehusándose a ver el elefante que está en la sala. Estoy hablando acerca del racismo sistémico en el debate de inmigración.

Puedo escucharlos decir: ”Los inmigrantes no son una raza!”. La raza no sólo es biológica. También es una construcción social basada en personas que están relacionadas unas con otras.

Desde hace tiempo, los estadounidenses han tratado pésimamente a los inmigrantes (en base a su color de piel, etnia o nacionalidad). A través de la historia de Estados Unidos, usualmente hemos decidido cuántas personas pueden entrar al país, en base a quién está tratando de hacerlo.

Allí voy otra vez. Algunos lectores —y otros periodistas— me acusan de dividir a los estadounidenses viendo racismo en todos lados. He desempeñado este trabajo desde 1990, y antes de que yo me sentara a escribir en mi computadora, todos en Estados Unidos se llevaban maravillosamente.

En algunas ocasiones, uno no tiene que buscar exhaustivamente el racismo. Literalmente le puede pegar a uno en la cabeza, como una tortilla que vuela por el aire.

Ese espectáculo ocurrió recientemente en Coronado High School, una escuela rica y predominantemente anglosajona cerca de San Diego. El equipo de basquetbol de Coronado logró una victoria en tiempo extra en un cerrado partido de campeonato en contra de Orange Glen High School —que no por nada, es de la clase trabajadora y predominantemente México-americana—.

Después que sonó el timbre final, algunos jugadores y fanáticos de Coronado se pelearon con miembros del equipo contrincante (y luego, despectivamente les lanzaron tortillas hacia donde estaban). Así es, tortillas. La riña se hizo más grande, mientras los fanáticos y jugadores de Orange Glen reaccionaron visceralmente a ese ataque racista.

Aunque algunas personas que siguen en la negación, consideraron el incidente como un altercado sin importancia. Ciertamente, no racista.

Los que siguen en la negación incluyen a Wayne McKinney, capitán del equipo de Coronado (quien es afroamericano). McKinney se disculpó y catalogó el aventar tortillas como “algo antideportivo e inexcusable”, pero “que no estuvo basado en la raza ni en la clase social”.

Una persona que reconoce el racismo es JD Laaperi, quien ahora es el ex entrenador en jefe del equipo de basquetbol de Coronado High School. El consejo escolar votó unánimemente en esta semana para remover a Laaperi, no sólo por no poder controlar a sus jugadores sino también por presuntamente mofarse del entrenador de Orange Glen al gritarle insultos. En un tweet, Laaperi lamentó que “un miembro de la comunidad trajera tortillas al partido y las distribuyera”, un gesto que describió como “inaceptable y racista por naturaleza”.

Lo que vale —y la respuesta es “no mucho”— es que la persona que llevó las tortillas es medio mexicano y dice ser un demócrata y miembro de un sindicato. Luke Serna, un ex alumno de Coronado High School, le comentó al consejo escolar en una carta que el plan era aventar las tortillas al aire si Coronado ganaba el partido. Él asegura que “no tenía ni una pizca de mala intención ni ánimo racista”.

Sí claro. De alguna manera, dudo que Serna lleve tortillas a los partidos en donde la escuela en la que estudió se enfrenta a un equipo predominantemente anglosajón. Enrique Morones, activista que está a favor de los inmigrantes y tiene su sede en San Diego, y fundador del grupo de derechos humanos Gente Unida, considera que eso es evidente.

“No es el insulto el que decide si es racista, sino la persona que lo recibe”, me dijo. Morones relaciona el aventar las tortillas con el debate de inmigración.

“Las palabras de odio dan lugar a acciones de odio”, dijo. “Las acciones de odio provocan muertes en la frontera. El muro fronterizo es un símbolo de odio”. Morones quiere que los estudiantes de Coronado se sometan a un entrenamiento sobre la sensibilidad cultural, aun cuando él cree que el problema está más cerca en casa.

“Los padres son los peores”, dijo. “Ellos son los que convierten a sus hijos en pequeños racistas. El racismo se enseña”. Al igual que las buenas maneras. Y honestamente, cuando a los estudiantes México-americanos les avientan tortillas ¿algunas personas están de acuerdo con eso?. “¿En qué momento las tortillas se convirtieron en un arma?”, preguntó sarcásticamente un usuario de Facebook.

No se trata de ese alimento, sino del contexto. Uno tiene que reconocer el código del lenguaje.

Comentemos sobre otra perturbadora historia relacionada con estudiantes de color y un motivo racista centrado en la comida.

En el 2019, aproximadamente dos docenas de alumnos de séptimo grado de la Escuela Pública Liderazgo Académico Helen Y. Davis en Dorchester, Massachusetts —en donde la mayoría de los estudiantes son afroamericanos o latinos— visitaron el Museo de Bellas Artes de la ciudad.

De acuerdo al Boston Globe, un miembro del staff del museo, al intentar explicar las reglas del lugar, presuntamente le dijo al grupo: “No se permiten alimentos, bebidas, ni sandías”.

Posteriormente, los oficiales del museo se disculparon por el hecho de que los estudiantes habían tenido una “experiencia inaceptable que los hizo sentir que no eran bienvenidos”.

No hay que pensarlo demasiado. El incidente en Boston fue racista. Al igual que el de Coronado.

Tenemos que denunciar lo desagradable cuando lo vemos. De lo contrario, lo desagradable va a ganar.